Estrés y Ansiedad: se parecen, pero no son lo mismo
En la vida cotidiana solemos utilizar las palabras estrés y ansiedad como si significaran lo mismo. Decimos que estamos “estresados” antes de una reunión importante, que algo nos “da ansiedad” cuando tenemos demasiadas tareas o que vivimos con ambas sensaciones al mismo tiempo.
Esta confusión es comprensible porque el estrés y la ansiedad comparten numerosas señales corporales: tensión muscular, cansancio, irritabilidad, dificultad para concentrarse, problemas para dormir, inquietud y cambios en la respiración o en el ritmo cardíaco. Sin embargo, aunque pueden relacionarse y aparecer simultáneamente, no son exactamente lo mismo.
Reconocer sus diferencias puede ayudarnos a comprender mejor qué estamos viviendo, identificar qué necesitamos y decidir cuándo es conveniente buscar apoyo.
¿Qué entendemos por estrés?
El estrés es un proceso de activación mediante el cual movilizamos recursos mentales, físicos y conductuales para responder a las demandas de una situación. Puede aparecer cuando necesitamos resolver un problema, adaptarnos a un cambio, aprender algo nuevo, asumir una responsabilidad o mantener un esfuerzo durante cierto tiempo.
Estas demandas pueden provenir de circunstancias difíciles como: problemas laborales, conflictos familiares, dificultades económicas o una enfermedad. Pero también podemos experimentar estrés frente a acontecimientos deseados, como cambiar de trabajo, mudarnos, organizar una celebración o comenzar un nuevo proyecto.
Por lo tanto, el estrés no depende solamente de que un acontecimiento sea “bueno” o “malo”. También se relaciona con la cantidad de exigencias que enfrentamos, el esfuerzo requerido, el tiempo disponible y la percepción que tenemos acerca de nuestros recursos para responder.
Por ejemplo, si una persona debe entregar un informe el viernes, puede experimentar tensión, preocupación y una mayor activación corporal. Existe una demanda reconocible: tiene un trabajo pendiente, un plazo determinado y una serie de acciones que necesita realizar.
Dentro de ciertos límites, esta activación puede ayudarla a organizarse, concentrarse y movilizar energía. El estrés no representa necesariamente una enfermedad: forma parte de nuestra capacidad para adaptarnos y responder frente a los desafíos. El estrés en otras palabras es parte de la vida.
La dificultad aparece cuando las exigencias son demasiado intensas, se acumulan o se mantienen durante un periodo prolongado sin posibilidades suficientes de descanso y recuperación.
El estrés también consume recursos
Responder a una demanda requiere energía. Podemos necesitar mayor concentración, resistencia, responsabilidad, esfuerzo físico o capacidad para tomar decisiones. Mientras más recursos destinamos a enfrentar una situación, menos disponibilidad podemos tener temporalmente para atender otras áreas de nuestra vida.
Por eso, después de un periodo exigente necesitamos descanso y recuperación. Si las demandas disminuyen, el organismo puede ir retornando gradualmente a su funcionamiento habitual. Pero cuando la presión se prolonga y no contamos con oportunidades suficientes para recuperarnos, pueden aparecer cansancio, irritabilidad, dificultades para concentrarnos, tensión corporal y una sensación creciente de agotamiento.
Antonio Cano Vindel (2021) explica el proceso del estrés mediante tres momentos generales. Primero aparece una fase de alarma, en la que aumentamos rápidamente nuestra activación para responder. Si la demanda continúa, entramos en una fase de resistencia, durante la cual sostenemos el esfuerzo. Finalmente, si la situación se prolonga demasiado y los recursos se desgastan, puede producirse agotamiento.
Estas fases no deben entenderse como pasos exactos que todas las personas recorren de la misma manera. Nos ayudan a comprender algo esencial: permanecer activados indefinidamente tiene un costo en la salud general y la recuperación también forma parte de una respuesta saludable.
¿Qué entendemos por ansiedad?
Como revisamos en el artículo anterior, la ansiedad es una respuesta emocional vinculada principalmente con la anticipación. Nuestra mente se adelanta a una situación futura e intenta prepararnos frente a algo que podría ocurrir.
Antes de una evaluación, una entrevista o un viaje, por ejemplo, podemos imaginar posibles dificultades y movilizarnos para afrontarlas. En una intensidad manejable, esta anticipación puede ayudarnos a planificar y actuar.
Sin embargo, también puede suceder que la mente continúe anticipando peligros incluso cuando hemos cumplido con lo necesario para enfrentar una situación.
Por ejemplo, una persona debe realizar un informe para su jefatura. La persona ya terminó el documento, lo revisó y lo envió dentro del plazo. El estresor inmediato disminuyó. Aun así, podría continuar pensando:
- ¿Y si está mal?
- ¿Y si cometí un error que no vi?
- ¿Y si mi jefatura queda disconforme?
- ¿Y si esto afecta mi trabajo?
En este caso, la activación ya no se relaciona solamente con resolver una exigencia presente. Predomina la anticipación de posibles consecuencias futuras.
La ansiedad también puede aparecer sin que la persona logre reconocer inmediatamente qué la desencadenó. Puede sentirse inquieta, amenazada o preocupada, aunque aparentemente “todo esté bien”. Esto no significa que la ansiedad no tenga ningún origen, sino que sus desencadenantes pueden encontrarse en pensamientos automáticos, recuerdos, asociaciones, experiencias anteriores o preocupaciones que todavía no han sido claramente identificadas.
La diferencia principal
Una manera sencilla de comenzar a distinguir estrés de ansiedad es observar hacia dónde se dirige nuestra atención.
En el estrés suele existir una demanda o situación que necesita ser atendida:
- Tengo demasiadas cosas que hacer.
- No alcanzo a cumplir el plazo.
- Necesito resolver este problema.
En la ansiedad suele predominar la anticipación:
- ¿Y si no puedo?
- ¿Y si algo sale mal?
- ¿Y si ocurre algo que no sabré enfrentar?
Podríamos resumirlo de la siguiente manera:
Estrés | Ansiedad |
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Esta comparación es una orientación y no una regla rígida. El estrés no siempre proviene exclusivamente del exterior y la ansiedad puede tener un desencadenante claramente reconocible. Las experiencias humanas son más complejas que una tabla y, con frecuencia, ambas respuestas se encuentran entrelazadas.
¿Por qué se confunden con tanta facilidad?
El cuerpo puede responder de manera semejante ante una demanda presente y ante una amenaza anticipada. En ambos casos puede activarse un estado de alerta que nos prepara para reaccionar.
Por eso, tanto el estrés como la ansiedad pueden manifestarse a través de:
– aumento del ritmo cardíaco
– respiración rápida o superficial
– tensión o dolor muscular
– molestias digestivas
– sudoración
– dolor de cabeza
– dificultad para dormir
– cansancio
– irritabilidad
– inquietud
– problemas de concentración
– tendencia al llanto
– mareos o desmayos
– problemas para memorizar o recordar información.
Estas señales no permiten, por sí solas, diferenciar una respuesta de otra. Necesitamos observar también el contexto, los pensamientos que acompañan la activación, cuánto tiempo permanece y cómo afecta nuestras actividades cotidianas.
Cuando el estrés alimenta la ansiedad
El estrés y la ansiedad son procesos diferentes, pero se encuentran estrechamente relacionados y pueden influirse mutuamente.
Imagina que una persona atraviesa varias semanas de sobrecarga laboral. Tiene numerosas tareas, poco descanso y la sensación constante de que no alcanzará a cumplir. Al comienzo, su malestar se relaciona principalmente con demandas concretas. Sin embargo, al mantenerse la activación y disminuir sus recursos, puede volverse más irritable, tener dificultades para concentrarse y comenzar a anticipar resultados negativos.
Entonces aparecen pensamientos como:
- ¿Y si no alcanzo?
- ¿Y si me equivoco?
- ¿Y si no soy capaz de responder?
Cano Vindel (2021) señala que, bajo la presión de un estrés intenso o prolongado, pueden aumentar las respuestas emocionales de ansiedad porque comenzamos a anticipar posibles consecuencias no deseadas. En otras palabras, la sobrecarga presente puede terminar alimentando la alarma frente al futuro.
También puede ocurrir en la dirección contraria. Cuando la ansiedad es muy elevada, la persona puede invertir demasiada energía en anticipar riesgos, revisar repetidamente, evitar, postergar o intentar controlar todas las posibilidades. Estas respuestas consumen recursos, dificultan resolver las demandas reales y pueden generar nuevas fuentes de estrés.
Puede formarse entonces un efecto bola de nieve:
Me siento sobrecargado(a) > Temo no poder responder > Me cuesta concentrarme o trato de evitar > Se acumulan nuevas tareas > Aumenta la sobrecarga (repitiéndose el ciclo).
Reconocer este efecto permite comprender cómo se mantiene el malestar e identificar en qué punto sería posible intervenir para recuperar gradualmente recursos, capacidad de respuesta y bienestar.
No todo depende de “organizarse mejor”
Frente al estrés suele recomendarse rápidamente hacer una lista, administrar mejor el tiempo o aprender a decir que no. Estas acciones pueden resultar útiles, pero no todas las situaciones pueden resolverse mediante una mejor organización personal.
Existen personas sometidas a jornadas extensas, labores de cuidado, dificultades económicas, enfermedades, conflictos familiares o condiciones de trabajo que superan razonablemente sus recursos. En esos casos, el estrés no es una señal de debilidad ni una consecuencia automática de una mala planificación.
A veces será necesario reorganizar tareas. En otras ocasiones se requerirá solicitar ayuda, establecer límites, fortalecer la red de apoyo, recuperar espacios de descanso o revisar las condiciones externas que sostienen la sobrecarga.
Del mismo modo, decirle a alguien con ansiedad que “deje de pensar” o que “no se preocupe” suele ser insuficiente. La ansiedad no se regula solamente mediante la voluntad. Requiere comprender qué mantiene activada la alarma y desarrollar recursos emocionales, cognitivos, corporales y sociales para responder de una manera más adaptativa.
¿Cuándo debemos prestar mayor atención?
El estrés y la ansiedad forman parte de la vida, pero merecen especial atención cuando:
– Permanecen durante un periodo prolongado
– Dificultan descansar incluso cuando existe la oportunidad
– Alteran significativamente el sueño o la alimentación
– Afectan la concentración y el rendimiento
– Generan irritabilidad frecuente o conflictos
– Producen síntomas físicos persistentes
– Llevan a evitar actividades, lugares o responsabilidades
– Interfieren en el trabajo, los estudios, las relaciones o el autocuidado
– Generan la sensación de no poder continuar afrontando las demandas cotidianas.
SENTIR ESTRÉS O ANSIEDAD NO EQUIVALE AUTOMÁTICAMENTE A PRESENTAR UN TRASTORNO MENTAL.
Para establecer un diagnóstico se requiere una evaluación clínica que considere la intensidad, la duración, el contexto, la interferencia en las actividades de la vida diaria y otras posibles explicaciones médicas o psicológicas.
También es importante consultar cuando aparecen síntomas físicos nuevos, muy intensos o preocupantes. No todos los dolores, mareos, palpitaciones o dificultades respiratorias deben atribuirse automáticamente al estrés o a la ansiedad.
Tres preguntas para reconocer qué estás viviendo
Puedes comenzar con tres preguntas claves para identificar quémo reconocer cuando estas respuestas comienzan a limitar nuestra vida cotidiana. Revisaremos quñe te está pasando:
- ¿Existe una demanda concreta que me está sobrecargando o estoy anticipando algo que podría ocurrir?
- ¿Mi activación disminuye cuando resuelvo la situación o continúa aunque el problema haya terminado?
- ¿Esta respuesta me ayuda a actuar o está interfiriendo en mi descanso, mis decisiones y mis actividades cotidianas?
No es necesario elegir obligatoriamente entre estrés o ansiedad. Es posible experimentar ambos al mismo tiempo. El propósito de estas preguntas no es autodiagnosticarse, sino comprender mejor cómo se está manifestando el malestar.
Comprender para responder mejor
El estrés nos ayuda a movilizar recursos frente a demandas que requieren esfuerzo y adaptación. La ansiedad nos prepara ante situaciones futuras que percibimos como inciertas o amenazantes. Ambas respuestas cumplen funciones importantes, pero pueden desequilibrarse cuando su intensidad, frecuencia o duración superan nuestros recursos personales para afrontarlos.
Distinguirlas nos permite formular preguntas más útiles. Frente al estrés, podemos explorar qué demandas necesitan ser atendidas, reorganizadas, compartidas o limitadas. Frente a la ansiedad, podemos observar qué peligro estamos anticipando, cómo interpretamos la situación y qué recursos necesitamos fortalecer.
No se trata de luchar contra nuestro cuerpo, ni de exigirnos estar permanentemente tranquilos. Se trata de aprender a reconocer sus señales, recuperar nuestros recursos y responder antes de que la sobrecarga o la alarma comiencen a restringir nuestra vida.
En el próximo artículo diferenciaremos dos experiencias que suelen confundirse: el miedo y la ansiedad. Revisaremos qué tienen en común, en qué se distinguen y cómo reconocer cuando estas respuestas comienzan a limitar nuestra vida cotidiana.
Referencias
– American Psychological Association. (s. f.). «¿Cuál es la diferencia entre estrés y ansiedad?» https://www.apa.org/topics/stress/anxiety-difference
– American Psychological Association. (s. f.). «Stress» https://www.apa.org/topics/stress
– Cano Vindel, A. (2021). El estrés y la ansiedad: cómo resolver las alteraciones emocionales. EMSE EDAPP, Biblioteca de Psicología.
– Chu, B., Marwaha, K., Sanvictores, T., Awosika, A. O. y Ayers, D. (2024). «Physiology, Stress Reaction» https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK541120/ StatPearls Publishing.
– Daviu, N., Bruchas, M. R., Moghaddam, B., Sandi, C. y Beyeler, A. (2019). «Neurobiological links between stress and anxiety» https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC6712367/ Neurobiology of Stress, 11, 100191.
– Konstantopoulou, G., Iliou, T., Karaivazoglou, K., Iconomou, G., Assimakopoulos, K. y Alexopoulos, P. (2020). «Associations between (sub)clinical stress- and anxiety symptoms in mentally healthy individuals and in major depression» https://link.springer.com/article/10.1186/s12888-020-02836-1 BMC Psychiatry, 20, 428.
Tamara Rojas W.
Psicóloga, Trasciende Ahora ®
Definitivamente manejo las dos; ansiedad y estrés. En verdad saber la diferencia entre ambas es una guía para poder sobrellevar la situación. Pero lo más recomendable es contar con ayuda profesional, porque si no podemos con el día a día de estrés y ansiedad, nos podemos enfermar físicamente, la mente puede con todo… y con todas estas explicaciones en este texto, es para prestarle más atención en nuestro diario vivir ..
Gracias por todos estos temas de gran interés…
Muchas gracias por leer el artículo, que haya sido de tu interés y compartir tu reflexión.
Como señalas, aprender a distinguir el estrés de la ansiedad puede orientarnos para comprender mejor qué estamos viviendo y qué necesitamos. Ambas respuestas pueden expresarse muy similar en el cuerpo, pero sus diferencias radican qué las activa (motivos presentes o futuros). También confirmo y ratifico que cuando nos vemos sobrepasados por eventos o situaciones no tenemos por qué poder con todo a solas, hay que permitirse el buscar ayuda profesional, especialmente cuando el malestar comienza a interferir en el descanso, las relaciones con otros o las actividades cotidianas. El buscar ayuda profesional no es debilidad, sino una forma de cuidarnos actuando a tiempo.
Gracias nuevamente por valorar los contenidos que estoy publicando.
Un abrazo.