Ansiedad: una alarma necesaria, no una enemiga
Cuando escuchamos la palabra ansiedad, solemos pensar inmediatamente en algo que debemos eliminar: preocupación, nerviosismo, tensión, palpitaciones o pensamientos que no se detienen. Sin embargo, sentir ansiedad no significa necesariamente estar enfermo(a), ni padecer de un trastorno.
La ansiedad forma parte de nuestro repertorio emocional. Es de hecho una emoción, tal como la tristeza, la rabia, la alegría, entre otras. Y como todas las emociones, la ansiedad cumple una función adaptativa para la supervivencia, la seguridad y la protección de nosotros mismos (Cano, 2021). La ansiedad se caracteriza principalmente por su capacidad anticipatoria de posibles situaciones futuras. La ansiedad nos ayuda a prestar atención a lo que podría ocurrir y movilizar recursos para afrontarlo. En otras palabras, funciona como una alarma que mira hacia el futuro.
El problema no es que esta alarma exista. La dificultad comienza cuando esta alarma se torna demasiado intensa o se prolonga en el tiempo dando lugar a interpretaciones distorsionadas y exageradas. Esto lleva a que una persona pueda percibir una situación como una amenaza que supera los recursos personales, no sintiéndose capaz de afrontar aquello que la obstaculiza y que, además, crea que no cuenta con el suficiente apoyo del entorno, lo cual no es necesariamente cierto (Cano, 2021).
Una emoción que se adelanta al futuro
La ansiedad tiene una cualidad particular: trabaja con la anticipación. Mientras otras emociones responden principalmente a algo que ya está ocurriendo, la ansiedad puede activarse ante algo que todavía no sucede y que, incluso, quizás nunca suceda.
Podríamos decir, metafóricamente, que es una emoción “visionaria”. No porque pueda predecir lo que ocurrirá, sino porque nuestra mente utiliza recuerdos, imaginación y experiencias anteriores para construir posibles escenarios futuros.
Antes de una prueba podemos pensar:
- “¿Y si me preguntan justo lo que menos domino?”
Antes de una presentación:
- “¿Y si me equivoco o me quedo en blanco?”
Antes de una entrevista laboral:
- “¿Qué me preguntarán? ¿Cómo debería responder?”
Ninguno de estos escenarios es todavía una realidad. Son posibilidades que la mente ensaya anticipadamente. Cuando la ansiedad se encuentra dentro de un rango manejable, esta anticipación puede activarnos a estudiar, a preparar una exposición, practicar respuestas o buscar información que nos brinde mejores competencias para afrontar y superar aquello que nos desafía.
Desde una perspectiva evolutiva, la ansiedad no representa una falla de nuestro organismo. Esta respuesta emocional ha contribuido a que podamos mantenernos alertas, prepararnos frente a lo desconocido y tomar decisiones orientadas a nuestra protección y supervivencia. La forma en que la experimentamos se relaciona, además, con nuestras vivencias, con la interpretación que hacemos de una situación y con la confianza que tenemos en nuestra capacidad para afrontarla (Avalos-Tinoco y Salcedo-Gómez, 2025; Cano, 2021).
La ansiedad también nos moviliza
Imagina que realizarás un viaje. Todavía faltan algunos días, pero comienzas a pensar qué necesitas llevar, dónde guardaste los pasajes, a qué hora debes salir y cuánto puede tardar el traslado al terminal o al aeropuerto.
Esa activación anticipatoria puede ayudarte a:
- revisar el horario;
- preparar el equipaje;
- reunir documentos importantes;
- calcular el tiempo de traslado;
- considerar algún imprevisto;
- llegar a tiempo.
La ansiedad, en este caso, cumple una función organizadora y movilizadora. Nos dice: “Hay algo próximo que requiere tu atención”. Gracias a esa señal, pasamos de la intención a la acción.
Algo similar puede ocurrir antes de rendir una prueba, asistir a una entrevista o realizar una presentación. Una activación moderada puede aumentar nuestra atención y motivarnos a prepararnos. No garantiza un resultado perfecto, pero nos ayuda a responder de manera más eficiente y eficaz ante una demanda futura.
Por eso, el objetivo no debería ser vivir sin ansiedad. Una vida completamente desprovista de esta señal podría dejarnos menos atentos frente a situaciones que necesitan preparación. La tarea consiste en aprender a escucharla, interpretarla y regularla.
No existen emociones “buenas” y “malas”
Durante mucho tiempo se ha popularizado la clasificación de emociones positivas y negativas. Aunque parece sencilla, puede transmitir la idea equivocada de que algunas emociones son aceptables y otras deberían evitarse.
La tristeza, el miedo, la rabia y la ansiedad pueden sentirse desagradables, pero eso no las convierte en emociones malas. Cada una puede comunicar algo importante sobre nuestras experiencias, necesidades, vínculos o límites.
La tristeza puede ayudarnos a reconocer una pérdida y pedir apoyo. La rabia puede advertirnos que percibimos una injusticia o que necesitamos establecer un límite. El miedo nos ayuda a reaccionar ante el peligro. La ansiedad nos prepara para una situación futura que consideramos incierta o desafiante.
Cuando una persona aprende la falsa creencia de que llorar es “negativo”, puede comenzar a censurar una respuesta emocional que necesita ser expresada. Permitirse llorar no significa quedarse atrapado en el sufrimiento, puede ser una forma legítima de reconocer y descargar lo que se está viviendo.
En lugar de dividir las emociones entre positivas y negativas, resulta más útil preguntarnos: ¿Qué me está comunicando esta emoción y qué necesito hacer con ella?
Validar una emoción no significa obedecer automáticamente todo lo que nos impulsa a hacer. Significa reconocer su presencia, comprender su mensaje y decidir cómo responder de una manera cuidadosa y adecuada al contexto.
¿Cuándo la alarma comienza a desequilibrarse?
La ansiedad funcional suele relacionarse con una situación reconocible, tiene una intensidad tolerable y disminuye cuando el desafío termina. Aunque puede resultar incómoda, no necesariamente impide actuar.
En cambio, debemos prestar atención cuando la ansiedad:
- Aparece con demasiada frecuencia o intensidad.
- Se mantiene aun cuando la situación ya pasó.
- Provoca una preocupación difícil de detener.
- Lleva a evitar progresivamente lugares, actividades o personas.
- Interfiere con el sueño, la concentración o el descanso.
- Hace que decisiones cotidianas se vuelvan excesivamente difíciles.
- Reduce la capacidad para estudiar, trabajar, relacionarse o cuidarse.
Los manuales diagnósticos DSM-5 y CIE-10 describen distintos trastornos de ansiedad, pero sentir ansiedad no equivale automáticamente a cumplir los criterios de uno de ellos. Para hablar de un trastorno se requiere una evaluación clínica que considere, entre otros elementos, la intensidad, persistencia, contexto e interferencia que producen los síntomas.
Una señal especialmente importante es la pérdida de la capacidad para afrontar las actividades de la vida diaria: dejar de viajar, estudiar, trabajar, realizar trámites, salir de casa o relacionarse debido a la ansiedad. En ese punto, la alarma ya no está ayudando a prepararnos; está comenzando a reducir nuestra libertad y nuestra capacidad de respuesta.
Tres preguntas para observar tu ansiedad
Antes de luchar contra ella, puedes detenerte y preguntarte:
- ¿Qué situación futura está intentando anticipar mi ansiedad?
- ¿Esta activación me ayuda a prepararme o me está bloqueando y llevando a evitar?
- ¿Cuánto está interfiriendo en mis actividades de la vida diaria?
Estas preguntas no buscan que te diagnostiques. Son una invitación a observar cómo está funcionando tu alarma.
La ansiedad no es, por definición, una enemiga. Es una respuesta necesaria que puede ayudarnos a anticipar, prepararnos y actuar. Pero cuando pierde proporción, se vuelve persistente o comienza a gobernar nuestras decisiones, merece atención y acompañamiento profesional.
No necesitamos declarar una guerra contra nuestras emociones. Podemos aprender a escucharlas sin quedar sometidos a ellas.
En el próximo artículo diferenciaremos dos experiencias que suelen confundirse: el estrés y la ansiedad.
Espero tu comentario.
Referencias
- Avalos-Tinoco, C. y Salcedo-Gómez, M. (2025). La ansiedad, una emoción endémica desde los enfoques evolutivo, cognitivo, psiquiátrico y filosófico. Anales Médicos, 70(3), 251-254. https://doi.org/10.24875/AMH.M25000119
- American Psychiatric Association. (2014). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales: DSM-5. Editorial Médica Panamericana.
- Cano, A. (2021). El estrés y la ansiedad: Cómo resolver las alteraciones emocionales. Editorial Bonalletra Alcompas. España.
- Organización Mundial de la Salud. (1992). CIE-10: Trastornos mentales y del comportamiento. Descripciones clínicas y pautas para el diagnóstico.
Tamara Rojas W.
Psicóloga, Trasciende Ahora ®